martes 14 de octubre de 2008

Mejor con turbulencias

Para empezar, un dato estadísto: los ingleses son los ciudadanos europeos que menos sufren de enfermedades renales (y los que más sufren alergias a todo tipo de alimentos, pero de cómo se alimentan ya hablaremos más tarde). La costumbre de estar todo el día tomando té -los menos- y cerveza -los más- es la razón de ello.

Y es que los ingleses quizás no visiten las suficientes galerías y museos pero, en lo que se refiere a visitar baños son, sin lugar a dudas, los número 1.

Los padres no enseñan mucha educación a sus hijos primero, porque, según ellos, no es su deber sino el de los profesores y, segundo, porque no los tuvieron para enseñarles nada sino para sacar provecho de ellos, pero una de las pocas cosas que va pasando de padres a hijos es a visitar al menos un par de veces los servicios de cada lugar al que se vaya.

Cualquier inglés que haya aprobado primaria podría perfectamente escribir una guía de los servicios (loo, como ellos lo llaman, no toilet) del mundo porque perfectamente se trata de una obsesión nacional: Al llegar a cualquier sitio más o menos público lo que primero que se hace es acercarse a cualquier trabajador de ese lugar porque, eso sí, son incapaces de buscar los signos internacionales de WC o la figura del hombre y la mujer, dónde está el servicio más cercano (where´s the loo?) y van, al menos dos veces, una al llegar, supongo que para comprobar las instalaciones y otra antes de marcharse, ahora, sí, para vaciar sus vejigas no vaya que el metro o tren de turno vaya con retraso y no puedan llegar vivos al siguiente servicio.

Las inglesas son más discretas y, a veces, hasta lo pregunta en voz muy baja, como avergonzados, a lo que yo solía responder a voces y repitiendo "a sí, ¿el servicio? ¿el servicio? sí, allí, justo detrás de usted, ahí está el servicio" para que se den cuenta de dos cosas: que no necesitaban preguntarlo y que no hay que avergonzarse, que incluso los extranjeros sabemos que los ingleses también van al baño.

Pero los ingleses, tan machitos, son otra cosa. Primero, incapaces de leer porque la vejiga les rebosa hasta los ojos, dan vueltas en sí mismos buscando con desesperación tan ansiado lugar, sin suerte, se aproximan a la primera persona que ellos creen -porque no siempre es así- que trabajan en el edificio y, bajándose ya la cremallera de la bragueta, preguntan para, inmediatamente, salir corriendo sin atender al final de la explicación y, por supuesto, sin dar las gracias ya que su cerebro esta más ocupado en la difícil tarea de la bajada de bragueta.

Pero ahora vayamos más lejos, si tenemos la desgracia de volar en un avión plagado de ingleses (y eso es fácil saberlo porque son aquellos que viajan con cientos de niños menores de 3 años), lo mejor es que uno se pida el asiento de la ventanilla porque lo que va a ver es algo fuera de los normal: En cuanto la luz del cirturón se apaga, el desfile de meones británicos se inicia y dura hasta que la señal vuelve a encenderse sin importar que la duración del vuelo tan sólo sea de unos minutos o lo claustrofóbico que es entrar en los servicios del ya de por sí claustrofóbico avión.

Si no se tiene la suerte de volar en ventanilla (y no sólo por los meones, las azafatas y azafatos de las líneas aéreas británicas no son entrenados a pasar por los pasillos sin golpear a todo pasajero que tengan al lado) lo mejor es rezar porque haya turbulencias, sólo hay que acostumbrarse y, mientras el resto del pasaje estará tranquilo, los sufridos hijos de la Gran Bretaña sufrirán, y mucho, por no poder ir a mear, eso sí, al llegar a destino, prepárense para una estampida de ingleses de todas las edades, sexo y condición, meones y cegados por no poder hacer dos cosas al mismo tiempo (en ese país el dicho funciona también para las mujeres) en busca, como posesos, de los servicios (algunas veces hasta el personal de seguridad del aeropuerto ha creído que se trataba de una emergencia).

Hasta más ver...